Microrelato. El Bus de las 21.54

Como cada noche de un día laborable del último año, Patrick se disponía a acabar su nueva rutina.

Emma había probado la carrera de medicina, en la especialidad de pediatría, y tenía plaza en el cercano y moderno hospital infantil del condado. El horario de tarde-noche de Emma hacía que ésta llegase a casa un poco más allá de las 10.

Qué menos que tener la cena lista para acabar el día comentando los casos de Emma con un ligero menú, regado con 2 copas de vino negro. Podía decirse que constituía el mejor momento del día para ambos. Sobre todo para Patrick, que disfrutaba oyendo la pasión con que Emma hablaba y hablaba de su nuevo trabajo.

Patrick, Emma…y Jackie, el pequeño, juguetón y precioso Golden Retriever que habían adquirido para celebrar el nuevo trabajo de ella.

La relación de ambos funcionaba perfectamente. Incluso después de la recaída de Patrick.

Patrick hacía 6 meses que estaba sin empleo. Los ahorros aun les llegaban para ir tirando, pero poco a poco la desesperación hacía mella en su eterno optimismo. Además, estaba esa persistente desmemoria que últimamente le perseguía.

Así que como cada día laborable desde hacía un año, Patrick acabó de poner la cena en la mesa, apagó las luces, y salió de casa a esperar a Emma a la parada del autobús.

Un paseo con Jackie, bajo la luz de la luna, era la mejor de sus terapias. Estirando las piernas, lanzando ramas en el parque, para llegar a la oscurecida parada del 98 donde, puntual y diligentemente, llegaba cada día el último bus, el de las 21.54 y entonces bajaba Emma.

Sólo tenía que cuidarse de que Jackie no corriese y se lanzase sobre el autobús cuando lo oía doblar la esquina de la calle. Pero Jackie parecía contagiarse de su estado de ánimo, y últimamente prefería un ligero caminar en vez del trote típico de un perro de su raza y edad.

Un contacto con las manos, muy cortés, para ayudarla a bajar del autobús, un fugaz beso por saludo y la caricia de Emma a Jackie eran el inicio de la vuelta a casa.

– Un día he de avisar para que arreglen esta marquesina –pensaba- ,  no sé cómo                    no ha pasado ya algo. Falta luz, señalización y una acera más ancha.

Hoy se acercaba a la parada, pensando en ese dolor de pierna que hacía tiempo que sentía y reprochándose su mala memoria por dejar, una vez más, la correa de Jackie y el teléfono móvil en casa.

Hoy lo hace con el tiempo justo, apenas un minuto, pero al llegar hay algo que no le cuadra. La parada aparece cancelada. Una señal así lo indica.

No hay rastro de la marquesina, y en su lugar se ven unas incipientes obras junto a un pequeño árbol que despunta donde antes no había nada.

-Qué curioso –piensa Patrick-, un almendro. Mi árbol favorito. No recuerdo haberlo               visto antes. Otra vez esta memoria.

Es junto al árbol donde Jackie permanece sentada. Sin apenas mover un músculo, tranquila la cola, mantiene la cabeza y  los ojos fijos en un punto que no puede localizar. Parece triste.

Patrick mira su reloj. Ya pasan 15 minutos de las 10 de la noche. El bus de las 21.54 que trae a Emma del trabajo no ha pasado.

Decide volver para llamar desde casa al Hospital, del que ella debería haber salido hace más de 1 hora.

Silba a Jackie, todavía inmutable con la cabeza erguida, sentada sobre sus patas traseras en el punto donde debía estar la parada. Un escalofrío recorre la espalda de Patrick, y un pensamiento negativo pasa fugaz por su cabeza.

Impaciente, le palmea de manera cariñosa la cabeza y vuelven atravesando el parque hacia la casa.

Al llegar al linde de la vivienda, Jackie comienza a correr. Hay luz en la planta baja.

Patrick sonríe, sus miedos e incertezas se disipan. Ha debido bajar en la siguiente parada, piensa. Seguro que ya debe estar en la ducha. Y seguro que me recuerda mi mala memoria por haberme dejado el móvil.

Da unos pasos más, pero a pocos metros de la puerta se detiene.

Jackie está rascando la puerta hasta que ésta se abre y Emma sale al porche.

Emma parece cansada. Una jornada dura puede ser. Parece más mayor. Le han salido algunas canas en el pelo y unas incipientes arrugas bajo esos ojos color miel que siempre le distinguieron.

Patrick le llama pero Emma no le responde.

Emma coge a Jackie por el collar.

Su aparente enfado desaparece mientras se arrodilla y, acariciando su pelaje beige, le susurra al oído:

– Otra vez te has vuelto a escapar! No te culpo, yo también le echo de menos.                            Mucho. Pero ahora entra, por favor.

Y diciendo esto, cierra la puerta sin notar ni por un momento que Patrick está allí, a centímetros de ambos.

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Una resposta a Microrelato. El Bus de las 21.54

  1. Marta ha dit:

    Paco, no se si lo he entendido muy bien….

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