Los besos que no damos

Los besos que no damos son casi tan fuertes como cuando sí nos besamos.

Y tienen un gran significado.

En ellos está el pensamiento condensado.

Y  también la espera, las miradas, los gestos compartidos, las ausencias y los aplazamientos, convenidos o forzados.

En cada beso que no damos reside el inicio del que sí se produjo, una conexión que los enlaza y en la que en un solo beso están todos y cada uno de los no completados.

En los besos que no damos hay un poco de cada uno de nosotros, de ellos, de ellas, de mí, y de ti. En todos ellos ha habido el deseo de crearlos, y las ganas de darlo. La mayor parte de querer seguir intentándolo reside en los besos que no damos.

Por eso pienso siempre en  los besos que no damos.

Y lo hago también en el momento en que sí contactamos.

En este beso en el que estallan todos los que en su día fueron robados.

Puede ser un beso compartido, preparado, querido, o improvisado.

Es un beso que citándonos con el futuro nos une con el pasado.

Y es que en los besos que no damos reside la aspiración de seguir.  Cabe recordarlo cuando los labios, de nuevo, se han encontrado.

Cuando son la prolongación perfecta de un abrazo.

Es en este momento, cuando no quiero ser despegado, en que recuerdo todos y cada uno de los besos que no te he dado.

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