Microrelato. “Un mal negocio”

I. Despertar

Se despertó con el primer copo de nieve.

No fue por el ruido, si no por el impacto.

Abrió los ojos y extrañó no ver las vigas de roble viejo que refuerzan el techo de la cabaña. Un cielo negro y tempestuoso ocupaba todo su ángulo de visión.

-Mierda, -pensó-, esta vez creo que tengo un problema. Y lo tenía, pero aun no era consciente del alcance.

En una primera inspección ocular y táctil de su cuerpo  pudo comprobar que sólo vestía sus desgastados jeans, una corbata que pendía medio desanudada de su cuello, y aquellos calcetines a rombos que fueron su regalo sorpresa en la cena de empresa. Ni rastro del calzado, ni de la camisa, ni la chaqueta…

Y sus manos. Sabía por los documentales que el frío enrojece las manos. Pero ese rojo no era de frío.

Esto de por sí ya le hubiera desencadenado un terrible dolor de cabeza. Yacer semidesnudo sobre la tierra una mañana de diciembre suponía algo más que una alocada imprudencia.

Pero para lo que no estaba preparado era para encontrar la grabadora, la pistola y el silenciador que palpó a escasos centímetros de su mano.

Y en ese momento notó el frío.

II. Robert

8 horas antes, Robert había acabado de cenar y saboreaba el primero de los 3 whiskies de malta que recordaba haber tomado. Si estuviera en plenitud de facultades también recordaría el cuarto y el quinto.

Pero era evidente que no lo estaba, ya que la borrasca en su mente era mayor que la que se cernía, en aquél mismo instante en que se ponía en pie, por encima suyo.

Fue al mesarse el cabello cuando notó el bulto en la nuca. Se miró la sangre seca que ahora estaba en su palma. El dolor de cabeza ahora tenía un sentido real y físico.

Hizo acopio de las escasas fuerzas que notaba para concentrarse. Lo último que recordaba era el disparo seguido de un tremendo alarido, haber salido de la cabaña abrigado, el encuentro, una fuerte discusión y luego…luego nada. Oscuridad.

Las preguntas se agolpaban en su cerebro embotado. Por qué no tenía ropa? cuánto tiempo llevaba inconsciente? y, lo más importante, por qué iba armado?

Definitivamente algo iba mal. Rematadamente mal.

En el momento en que empezó a caminar hacia la casa, la nieve ya no era testimonial. Caía ahora con fuerza. Debía llegar rápido si no quería quedar congelado.

Decidió llevar consigo el arma.

Dentro de la casa (pequeña, muy bien cuidada, hecha manualmente con las mejores maderas, y situada en un paisaje idílico de las afueras de un pueblo igualmente idílico), las cosas no estaban mejor.

III. La cabaña

Son las 2 de la madrugada. La cena ha dado paso al alcohol.

Las conversaciones triviales y sobre el trabajo han derivado en algo más que insinuaciones, y la diversión pasa por saltarse continuamente las reglas de unos juegos concienzudamente improvisados.

Es una noche especial para un día especial. Por fin el sueño de juventud se ha convertido en realidad. Lo que empezó siendo un proyecto de final de carrera, 4 amigos poniendo en común todo lo aprendido en los másters pagados por padres ricos, era hoy una pujante empresa, con 4 socios, que había pasado de tener su sede en una vieja buhardilla estudiantil a ser vendida ese mismo día por 10 millones de dólares. A repartir entre los 4.

Hace calor en la cabaña.

El mismo calor que provoca que poco a poco se hayan casi desvestido es el que ha entelado los  cristales de las ventanas. Una anécdota, si no fuera porque impiden ver más allá.

Y más allá pasan cosas.

Fuera, bajo un cielo que poco a poco va cerrándose tras las nubes que trae el viento del norte, hay un movimiento poco habitual para esas horas y ese lugar. Las figuras que se mueven con sigilo militar, acercándose a la cabaña, acaban de detenerse justo debajo de las 4 ventanas, una en cada pared. El silencio exterior ha dado paso a la invasión del ruido provocado por las voces y risas que vienen de dentro.

Las 3 de la madrugada. Un potente disparo seguido de un desgarrador chillido rasga el gélido aire e interrumpe la fiesta.

Son las 4 de la mañana. Los ocupantes de la cabaña, ahora 2 mujeres y un hombre, están agotados. El alcohol consumido les había ayudado a aguantar las primeras horas de la noche, mientras éstas eran testigos de un desarrollo feliz; ahora el alcohol es un aliado silencioso del miedo. Lo que era trasnochar se convierte repentinamente en vela.

Robert no había destacado nunca por ser especialmente valiente, pero nadie se opuso a que fuera él quien saliera de la casa a inspeccionar los alrededores. Después del chillido, y los momentos de silencio que siguieron a éste, Robert se había ofrecido voluntario para salir. De eso hacía ya 1 hora.

Están parapetados tras el sofá, las ventanas cerradas y en absoluto silencio. El miedo ha borrado cualquier recuerdo de una velada a 4 que estaba resultando muy prometedora. Este mismo miedo que les paraliza y que surgió con el primer ruido que oyeron, es el que les impide pensar. Y ahora necesitan pensar. Qué está pasando ahí fuera?

Es en ese momento cuando se abre la puerta, y quién entra no es Robert.

IV. El negocio

Son poco más de las 3. Robert sale abrigado de la cabaña y con una pequeña linterna. No porque tenga miedo, si no por las apariencias.

Nadie sale en mitad de la noche, en un rincón apartado donde no hay luz eléctrica, sin linterna.  Camina hacia un punto situado a 100 metros. Se acerca a la figura que lo espera. Su acento no le es conocido, pero no necesita más para entenderse con él. Le alarga su mano con un paquete. El precio a pagar para un buen negocio.

Pero algo va mal.

Se suponía que todo estaba pactado. Pero con cierta gente los pactos siempre hay que asegurarlos. Y él es nuevo en esto. Le pilla por sorpresa que su interlocutor le exija el doble. Se niega.

Su empresa ahora vale 10 millones y el interlocutor lo sabe. Por eso le pide más por el trabajo. Hay muchos riesgos, le dice. Se vuelve a negar.

Es entonces cuando ve la señal de su cabeza. Un asentimiento apenas disimulado. Lo que no ve es a quien le golpea con algo contundente en la sien. Se desvanece.

Son las 4. Lo han preparado todo minuciosamente. Arrastran a Robert hasta la casa. Una casa que sigue en silencio. No pican a la puerta. Entran en tromba. Son 4 sombras totalmente de negro. El quinto, arrastra consigo a Robert.

Gritos, disparos. Sangre

V. Un mal negocio.

Son las 8. Robert se acerca a la cabaña y ve la puerta entre abierta. Cruza el umbral y el espectáculo es dantesco. Pero algo no encaja en lo previsto

Ve su ropa en el suelo, la camisa, los zapatos, todo lleno de sangre que no es suya. Y sus huellas por todas partes.

Mira su mano izquierda, donde sostiene aun la pistola. 5 de las 6 balas ya no están.

Mira su mano derecha, donde tiene la grabadora. La mira. La enciende y un potente disparo seguido de un desgarrador alarido resuena en esa incipiente mañana nevada. Es el mismo que oyó horas antes. Ahora también oye más cosas de fondo.

Son sirenas.

Esto no tenía que haber acabado así, piensa.

Un pensamiento fugaz, ya que empieza a marearse y a tener arcadas. Se derrumba al saber que ha sido traicionado.

Mira la pistola. Siempre había sido un cobarde en el fondo.

Un nuevo disparo, esta vez no grabado, resuena en la mañana.

Nieva copiosamente; una nieve que le cubre lentamente el cuerpo antes de que llegue la policía.

Epílogo.

Una playa en la costa. Un sobre abierto por unas manos finas. Una sonrisa se dibuja en un rostro recién bronceado. Las pupilas se adaptan detrás de unas caras gafas de Sol a la lectura de las 2 hojas compulsadas y autenticadas. Unas últimas voluntades convenientemente redactadas.

Heredera universal de una empresa de 10 millones de euros.

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