Microrelato. Una tarde de invierno

 

El hombre permanece de pie. Impaciente, taconea ligeramente mientras pasea su vista buscando las esperadas luces que no acaban de llegar. Viste una gabardina que le cubre todo el cuerpo, evitando que las pocas gotas que han empezado a caer le mojen el traje. La tenue luz de una alta y solitaria farola apenas dibuja una silueta esbelta y de maneras elegantes, pese a que reconoce que ya ha empezado a abandonar la madurez. Aunque mantiene el rostro bronceado, hay detalles que no engañan, y ahí están sus sienes plateadas para recordárselo cada mañana.

A pocos metros, justo donde el antiguo puente de piedra en el que ahora se apoya, linda con la estrecha callejuela de acceso, la joven apenas puede disimular su nerviosismo. Le ha visto desde que giró la calle, sentada en un coche oscuro en el que era conducida, y del que apenas ha podido bajar sin tambalearse. Mira a su alrededor. Busca en su mente porqué han elegido precisamente aquella ciudad para lo que hoy han venido a hacer.

Siempre había pensado que un momento como ése podía pasar. No contaba con que fuera aquél año, aquellas fechas, ése día, pero lo cierto es que allí está, recién salida del coche que la ha llevado hasta allí, mirando de reojo la espuma que un repentino azote del viento levanta sobre el caudaloso río.

Es casi de noche. Así debe ser. El poco Sol de principios de Enero hace escasos minutos que ha desaparecido, y no sólo tras las débiles nubes. Ha decidido que la Luna es mejor testigo del evento. Cosas que pasan en las tardes de invierno.

Se acerca con paso lento mientras la centenaria campana tañe la hora pactada. Siete repiques que ella cree demasiado ostentosos. En la soledad de ese momento, cualquier sonido cubre totalmente la atmósfera que los rodea. Pasea por su mente un momento de indecisión, fugaz, pero se obliga a eliminarlo, porque sabe que ya no es hora de dejarlo correr.

Se oye el arranque del motor, y lentamente el coche maniobra para colocarse allí donde ha de estar. El conductor mira furtivamente por el retrovisor mientras se aparta del encuentro. Cuando acabe todo (y espera que sea rápido) ha de salir en la dirección que lleva aprendida de memoria.

En el trayecto casi no han hablado, no por falta de ganas piensa, si no porque es ella la que apenas puede articular palabra. Le ha visto bajar la cara y juguetear nerviosa con una pequeña caja que movía entre sus largos dedos. Ahora ve cómo, tras llegar al punto medio del puente,  se la entrega a él. Esa caja es el motivo del encuentro.

Así que los deja solos. Ella se gira, y su nuevo acompañante decide que también es la hora. Apaga el cigarro que ha estado aplacando sus nervios. Para él también es nueva la situación. Quiere hacerlo bien. No fallar y decepcionar en el papel que tiene encomendado. Así estaba previsto. Pisa con decisión la colilla, le retira con ademán tembloroso el chal que cubre sus hombros desnudos, y deja que el gélido aire la acaricie.

Demasiado frío, piensa.

La mira.

No hay vuelta atrás.

Han de marchar.

Son sólo unos pasos, unos metros, pero tienen una cita que no pueden evitar. Ella esboza un tímido llanto, apenas acompañado de minúsculas lágrimas, mientras le acerca una mano temblorosa.

Caminan hacia el edificio que ven al final de la calle empedrada. Justo delante de un conjunto de casas bajas que ahora han dejado atrás.

La puerta no está cerrada. Únicamente permanece entreabierta, y pueden ver, ahora sí, algo de luz. Una luz que les guía y que les anuncia un murmullo que viene de dentro, y que asciende con cada paso que dan.

Ya están delante. Una última parada.

Sacar un pañuelo, y secar las tardías lágrimas.

Un beso en la mejilla y unas palabras susurradas.

Entran, ahora sí, con paso decidido.

Y estalla la luz.

Y la música.

Y allí, sobre una alfombra roja, donde aparece al final la verdadera persona con la se ha citado, decenas de ojos emocionados se clavan al instante en ella.

Se agarra con más fuerza y decisión del brazo del primer hombre al que quiso, ése que hoy la acompaña en este recorrido.

Y cerrando los ojos por un instante, sonríe por fin, y sigue caminando.

 

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