Desde mi ventana (15 de febrer de 2007)

Desde mi ventana me asomo al mundo cada día. Desde mi ventana veo pasar el sol en su camino diario y repetitivo, y veo la mutación estacional de los árboles. Desde esta ventana sin protección para las verdades de la vida, veo las alegrías y tristezas, la opulencia y la miseria, los abrazos, las discusiones, las carreras y los paseos, veo a la madre con su hijo, y veo a los adolescentes en su escapada de 30 minutos. Desde mi ventana veo y no puedo dejar de mirar. No puedo dejar de reencontrarme con los personajes que se sitúan día tras día ante mis ojos. Ni siquiera vale la pena bajar la persiana, porque hay cosas que siguen estando ahí fuera aunque no las veas. No es verdad que aquello que no ves no exista. Existe, y mucho más fuerte, porque está en nuestra mente, y nos acompaña día tras día. Esta ahí, y se sienta en los bancos. Está ahí y se arrodilla en una esquina. Desde las ventanas vemos un mundo pequeño, aprisionado entre cuatro maderas y las hojas de cristal. Un mundo en diminuto, pero no por ello menos real. Las ventanas nos reducen la visión pero nos amplían la percepción. Todo es más nítido, más directo. Directo. El ser humano es un ser racional, pero es más un ser sensible. Las ventanas, en cambio, son insensibles, y sólo perciben el golpe cuando el viento las golpea; y sólo lloran cuando la lluvia las acaricia. Será que la naturaleza siempre tendrá más fuerza. Será.

Nos abrimos al mundo a través de miles de ventanas, aunque salgamos a él por una puerta. A veces no sé que es más importante, si no cerrar tu ventana al mundo, o no atreverse a traspasar el umbral, para dejar hacer al resto de sentidos.

De todas maneras, hay muchas ventanas y no todas dan a la calle: hay ventanas inofensivas; otras, que son las que no dan a la calle son peores. Las tenemos dentro de casa, y son la que nos describen el mundo en 5 minutos. Esas ventanas crean dos mundos donde sólo hay uno. A un lado y al otro, Alicia aparece tras el espejo. En esos casos, la necesidad de contemplar el mundo tras la ventana es inversamente proporcional a la capacidad de bajar a cambiarlo.

 

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